TERCERA PARTE


Marcelino, con respeto le solicito a su “Mita”, realizar la bendición de los alimentos, lo cual fue aceptado con agrado, por parte de doña Margarita. Todos cerraron sus ojos, y cada uno junto sus manos, y seguidamente, el niño, con su dulce voz infantil, agradeció por la comida que adornaba la mesa. Lo cual hizo de la siguiente forma: “Por los frijoles, que Diosito, ha permitido que crezcan para que un niño y su familia puedan disfrutar de su piel roja; también por el maíz, que brotó de un suelo bendito, y que Diosito, lo fue coloreando con sus lápices de colores, hasta hacerlos amarillitos, para que mi “Mita”, con sus manos arrugaditas, palmee estas ricas tortillas que en tu nombre vamos a comer, y finalmente, por el grano blanco de arroz, que afuera, espera que tú le ayudes a crecer, porque en este mundo, hay muchos que necesitan tener en sus mesas, un poco de arroz, amén”

          Aquellas, palabras sobrecogieron a los presentes, y provocaron que gruesas lágrimas saladas corrieran desde los ojos del viejo campesino, de mil batallas, quien se levanto de su desgastada silla, y se  aproximo a aquel chavalito, quien lo miraba con sus ojos bien abiertos, y lo besó en la frente, acariciando su negro cabello, para luego regresar a su asiento. Doña Margarita, observo con ternura aquella escena, y apretó sus manos en señal de emotividad, pues, era la primera vez que atestiguaba, como aquel tosco hombre expresaba sus sentimientos ante la inocencia, pero bien atinadas palabras, del pequeño Marcelino. Al terminar, el niño acompaño a su “Mita”, al patio, para ayudarle en las tareas de lavar los utensilios usados en el almuerzo, en el lavandero de cemento, para lo cual utilizaba un ladrillo que le ayudara a realizar su labor.


          Una vez, que hubo finalizado la faena, su abuela, le entregó una pipa, para que se la llevara, a su abuelo, quien ya estaba acomodado en su vieja mecedora, en el zaguán, refrescándose con una inusitada brisa del Este, que alegremente circulaba por el sector, y que jugaba con su escaso pero, canoso cabello, quien a lo largo de los últimos años, cuando se lo cortaba en la barbería, quedaban tiesos como espinas de un rosal. Al ver, llegar al niño, tomó la pipa, y la dejo en el suelo a un lado, y luego tomo al infante, y lo coloco sobre sus piernas. Seguidamente, suspiro y conversó con él. Le narró la historia que su padre le había contado siendo chavalito, con la misma edad de él, y que provenía desde el tiempo de su bisabuelo. Se trataba de las aventuras de un pequeño grano de arroz, que un buen día, se escapo de su casa, para recorrer los cinco estados de la naciente región centroamericana.

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