PARTE FINAL


El granito de arroz, ahora comprendía al fin, el por qué se encontraba en este mundo. Deseaba compartir tal conocimiento con el resto de sus amigos, las hortalizas y las frutas, pero su padre, lo tranquilizo, asegurándole que pronto ellos, junto a su familia, sabrían la misma respuesta. El granito de arroz, se puso contento, y ahora podía ser completamente feliz, porque su existencia tenía un propósito, al igual que el resto de los alimentos que brotan de la tierra. Ese era el fin de la historia. Marcelino, estaba extasiado ante aquella maravillosa historia, que con mucha naturalidad, le respondió afirmativamente a su abuelo cuando éste le había preguntado si le había encantado el cuento, pero además Marcelino, agregó que estaba feliz por aquel pequeño grano de arroz, pero también le dijo que se sintió muy triste por la falta de unión de sus amigos para celebrar la despedida, pues él consideraba que no importaba del que país que fueran, porque al final, todos eran hermanos que brotaban de la misma tierra. El abuelo asintió ante dicho comentario.


              Doña Margarita, llegó a tiempo, para ofrecerles a sus seres queridos, un rico postre de arroz con leche, y una taza de café, para don Matías. En ese instante, Marcelino, se percató como su Paito, con tristeza contemplaba el plantío de arroz, y tomándole sus rudas manos, le dijo, cercano al oído que tuviera la fe  de que el pequeño grano de arroz, estaría orgulloso de crecer pronto, para una vez más sentirse feliz, de alimentarlos a ellos. Don Matías, leía entre aquellas sabias palabras, que su nieto, tenía más esperanzas, de las que a él le faltaba. Así, que cambio su actitud, y paso el resto de la tarde, conversando y jugando con Marcelino. Llegada la noche, y luego de una deliciosa cena, todos se fueron a dormir. Cuando el chavalito, se acomodaba en su camita, de su bolsillo, extrajo un granito de arroz, y lo coloco en su almohada, al lado de él, y le dijo que todos en casa contaban con el diminuto grano, y luego cerró sus ojitos.

               Los gritos de su abuelo, lo despertaron, en plena madrugada, pues, don Matías, no podía creer, que minutos antes, las nubes comenzaron a arrojar hacia la tierra, toda la carga que por semanas, habían mantenida almacenada. Marcelino, regreso a su cuartito, y se coloco las botas de hule, y le dijo a su abuelo, que salieran al campo para celebrar, lo cual hizo el viejo agricultor sin poner reparo en la vasta cantidad de agua que caía sin cesar. Abrazados, tanto el adulto como el niño, saltaban y reían de felicidad, pues, el cielo había al fin escuchado sus oraciones, pero sobre todo, Marcelino, muy dentro de sí, sabía que aquello era también la respuesta, a las esperanzas del grano de arroz.    FIN

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