SEGUNDA PARTE


Al pisar el terreno con sus pequeños calzados, pudo observar como todo era árido y seco, y las vainas se encontraban con grandes deseos de germinar, al igual que cada mañana lo hacía el resplandeciente sol, detrás de los cerros, pero la lluvia que semanas antes había bañado los verdes prados, ahora había decidido ausentarse caprichosamente, guardando cada una de sus gotas en el manto acuífero de las nubes, que desvanecidas por los alientos alisios no asomaban sus motas de algodón en el cielo azul.  Don Matías, en cuclillas, revisaba con sus toscas manos, cada una de las plantitas. Marcelino, emulando a su abuelo, adopto la misma posición, mientras esperaba las primeras palabras de su “Paito”. Sin embargo, aquel continuó la exhaustiva inspección, sin decir absolutamente nada, aunque con reojo, observaba como aquel pequeñín le seguía atentamente, lo que le arrancó una sonrisa en sus labios.

       Finalmente, ambos acudieron al pozo, que abastecía desde una fuente subterránea del importante líquido, que regaba el barbecho en hileras, como don Matías, acostumbraba a sembrar el arroz. Técnica, que le fue enseñada por su Padre, y éste por su abuelo, en una fila interminable generacional de hombres dedicados a la agricultura rural, y del cual él se sentía orgulloso de enseñar a Marcelino, aunque en el fondo de su corazón, tristemente reconocía que los estudios le podrían proporcionar al infante mayor satisfacción en ejercer una actividad más productiva, ajena al campo, pues, él sabía que los tiempos habían cambiado a lo largo de los últimos años, y que ya no era fácil vivir del fruto de la tierra, como en otrora tiempos, grandes familias fácilmente se habían proveído de los insumos para su supervivencia diaria.


        Los vecinos de don Matías, hoy en día, preferían alquilar los terrenos a cooperativas, o a organizaciones, que aprovechaban los terrenos, para proporcionar pasto para el ganado lechero o vacuno de engorde, o simplemente, para sembrar con la finalidad de exportar y no para consumo familiar o local. Eran pocas las familias, que aún conservaban el espíritu ancestral de labrar la tierra, para dar alimentos a sus propietarios. Con una mirada triste, don Matías, observaba la soga de cabuya con la que medía el nivel del pozo, y la misma le anunciaba lo seco que se encontraba el fondo. Con su nieto, acudió a la represa más cercana, que abastecía grandes parcelas vecinas, y la respuesta fue negativa para ayudarle con su problema. Desanimado regreso con Marcelino, a su humilde morada, donde doña Margarita, ya los esperaba con el almuerzo: Arroz, frijoles, una cuajada y tortillas calientes. Tanto el niño como don Matías, se lavaron las manos, y se sentaron a la mesa.

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