Matías, sentía recorrer el tórrido sudor que copiosamente caía por su frente, ante el incesante calor del sol veranero, mientras desde su casita de madera, miraba como el arrozal se secaba. Éste, hombre de 70 años, de piel curtida y tez morena, tomaba su mal tratado pañuelo, para secarse la transpiración que le aquejaba. Su mujer, Margarita, una granadina de 66 años, molía los pequeños granos de maíz, con el que luego prepararía la masa con la que debía echar las tortillas al fogón, y dar de comer a su esposo y a su nieto, el que le sobrevivió a su única hija, luego de que ésta por complicaciones en su salud falleciera tras el parto. Marcelino, un chavalo vivaz, de 7 años de edad, llenaba de alegría el humilde hogar de este longevo matrimonio.
Era un apacible domingo, y día festivo, por el santo patrono de la región, así que Marcelino, como de costumbre, regresaba junto a un amigo y vecino suyo, de la misa matutina, y desde que bajaba de la colina, él corría, gritando el nombre de sus abuelos con una risa infantil y contagiosa, que anunciaba a los pájaros y a las ardillas y demás animalitos de la montaña, que el niño regresaba con mucho brillo y regocijo. Luego, de despedirse de su vecino, ingresó a tropel por el zaguán de la casita, saltando sobre aquel viejo roble, quien lo tomo en sus brazos, y entre aquellos macizos, lo colmaba de besos en la mejilla de su nieto. Luego, lo bajó al piso de tierra, para que hiciera lo propio con su abuela, a quien con cariño llamaba “Mita”. Ella, lo persignaba en su pequeña frente, y luego lo enviaba a lavarse las manos.
