LA ESPERANZA DEL GRANO DE ARROZ


    Matías, sentía recorrer el tórrido sudor que copiosamente caía por su frente, ante el incesante calor del sol veranero, mientras desde su casita de madera, miraba como el arrozal se secaba. Éste, hombre de 70 años, de piel curtida y tez morena, tomaba su mal tratado pañuelo, para secarse la transpiración que le aquejaba. Su mujer, Margarita, una granadina de 66 años, molía los pequeños granos de maíz, con el que luego prepararía la masa con la que debía echar las tortillas al fogón, y dar de comer a su esposo y a su nieto, el que le sobrevivió a su única hija, luego de que ésta por complicaciones en su salud falleciera tras el parto. Marcelino, un chavalo vivaz, de 7 años de edad, llenaba de alegría el humilde hogar de este longevo matrimonio.

      Era un apacible domingo, y día festivo, por el santo patrono de la región, así que Marcelino, como de costumbre, regresaba junto a un amigo y vecino suyo, de la misa matutina, y desde que bajaba de la colina, él corría, gritando el nombre de sus abuelos con una risa infantil y contagiosa, que anunciaba a los pájaros y a las ardillas y demás animalitos de la montaña, que el niño regresaba con mucho brillo y regocijo.  Luego, de despedirse de su vecino, ingresó a tropel por el zaguán de la casita, saltando sobre aquel viejo roble, quien lo tomo en sus brazos, y entre aquellos macizos, lo colmaba de besos en la mejilla de su nieto. Luego, lo bajó al piso de tierra, para que hiciera lo propio con su abuela, a quien con cariño llamaba “Mita”. Ella, lo persignaba en su pequeña frente, y luego lo enviaba a lavarse las manos.

SEGUNDA PARTE


Al pisar el terreno con sus pequeños calzados, pudo observar como todo era árido y seco, y las vainas se encontraban con grandes deseos de germinar, al igual que cada mañana lo hacía el resplandeciente sol, detrás de los cerros, pero la lluvia que semanas antes había bañado los verdes prados, ahora había decidido ausentarse caprichosamente, guardando cada una de sus gotas en el manto acuífero de las nubes, que desvanecidas por los alientos alisios no asomaban sus motas de algodón en el cielo azul.  Don Matías, en cuclillas, revisaba con sus toscas manos, cada una de las plantitas. Marcelino, emulando a su abuelo, adopto la misma posición, mientras esperaba las primeras palabras de su “Paito”. Sin embargo, aquel continuó la exhaustiva inspección, sin decir absolutamente nada, aunque con reojo, observaba como aquel pequeñín le seguía atentamente, lo que le arrancó una sonrisa en sus labios.

       Finalmente, ambos acudieron al pozo, que abastecía desde una fuente subterránea del importante líquido, que regaba el barbecho en hileras, como don Matías, acostumbraba a sembrar el arroz. Técnica, que le fue enseñada por su Padre, y éste por su abuelo, en una fila interminable generacional de hombres dedicados a la agricultura rural, y del cual él se sentía orgulloso de enseñar a Marcelino, aunque en el fondo de su corazón, tristemente reconocía que los estudios le podrían proporcionar al infante mayor satisfacción en ejercer una actividad más productiva, ajena al campo, pues, él sabía que los tiempos habían cambiado a lo largo de los últimos años, y que ya no era fácil vivir del fruto de la tierra, como en otrora tiempos, grandes familias fácilmente se habían proveído de los insumos para su supervivencia diaria.

TERCERA PARTE


Marcelino, con respeto le solicito a su “Mita”, realizar la bendición de los alimentos, lo cual fue aceptado con agrado, por parte de doña Margarita. Todos cerraron sus ojos, y cada uno junto sus manos, y seguidamente, el niño, con su dulce voz infantil, agradeció por la comida que adornaba la mesa. Lo cual hizo de la siguiente forma: “Por los frijoles, que Diosito, ha permitido que crezcan para que un niño y su familia puedan disfrutar de su piel roja; también por el maíz, que brotó de un suelo bendito, y que Diosito, lo fue coloreando con sus lápices de colores, hasta hacerlos amarillitos, para que mi “Mita”, con sus manos arrugaditas, palmee estas ricas tortillas que en tu nombre vamos a comer, y finalmente, por el grano blanco de arroz, que afuera, espera que tú le ayudes a crecer, porque en este mundo, hay muchos que necesitan tener en sus mesas, un poco de arroz, amén”

          Aquellas, palabras sobrecogieron a los presentes, y provocaron que gruesas lágrimas saladas corrieran desde los ojos del viejo campesino, de mil batallas, quien se levanto de su desgastada silla, y se  aproximo a aquel chavalito, quien lo miraba con sus ojos bien abiertos, y lo besó en la frente, acariciando su negro cabello, para luego regresar a su asiento. Doña Margarita, observo con ternura aquella escena, y apretó sus manos en señal de emotividad, pues, era la primera vez que atestiguaba, como aquel tosco hombre expresaba sus sentimientos ante la inocencia, pero bien atinadas palabras, del pequeño Marcelino. Al terminar, el niño acompaño a su “Mita”, al patio, para ayudarle en las tareas de lavar los utensilios usados en el almuerzo, en el lavandero de cemento, para lo cual utilizaba un ladrillo que le ayudara a realizar su labor.

CUARTA PARTE


El pequeño grano, tenía una curiosidad en visitar a otros como él, pues sentía que su vida no era nada interesante, y muy vacía, así que esperaba encontrar una respuesta a su existencia. ¿El por qué estaba en este mundo? En el camino, un joven frijol, al conocer lo que aquel pretendía, lo acompaño en su recorrido, luego, más allá, unas verdes semillas, de guisantes, se les unieron, y de esa forma, cuando el diminuto grano de arroz, se dio cuenta, el grupo había crecido, entre tomatines, pepino, maíz; incluso, las obesa semilla de zapote, y de aguacate, y los pequeños tubérculos, como la yuquita, el ñame, la papa, el camote, y muchos amiguitos más. Marcelino, escuchaba con suma atención e interés, cada palabra que salían de los secos labios de su abuelo, pues no deseaba interrumpir el recorrido del granito de arroz.

             De pronto, se dio cuenta, que no sólo las diferentes semillas de hortalizas conocidas en Nicaragua, sino también de cada uno de los países que iban cruzándose con él, se les unían en tal curiosa travesía. Por ello, se fue enterando de los nuevos tipos y variedad de verduras y frutas, pero además, que todos compartían su misma inquietud, y por tanto, coincidieron en caminar todos juntos aquella gran cruzada.

PARTE FINAL


El granito de arroz, ahora comprendía al fin, el por qué se encontraba en este mundo. Deseaba compartir tal conocimiento con el resto de sus amigos, las hortalizas y las frutas, pero su padre, lo tranquilizo, asegurándole que pronto ellos, junto a su familia, sabrían la misma respuesta. El granito de arroz, se puso contento, y ahora podía ser completamente feliz, porque su existencia tenía un propósito, al igual que el resto de los alimentos que brotan de la tierra. Ese era el fin de la historia. Marcelino, estaba extasiado ante aquella maravillosa historia, que con mucha naturalidad, le respondió afirmativamente a su abuelo cuando éste le había preguntado si le había encantado el cuento, pero además Marcelino, agregó que estaba feliz por aquel pequeño grano de arroz, pero también le dijo que se sintió muy triste por la falta de unión de sus amigos para celebrar la despedida, pues él consideraba que no importaba del que país que fueran, porque al final, todos eran hermanos que brotaban de la misma tierra. El abuelo asintió ante dicho comentario.